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Que no se rompa la burbuja [José Manuel Chapado]

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Cuando el sábado anterior cenamos con unos amigos, no podíamos imaginar la dimisión de Esperanza Aguirre. La presidenta marca agenda. Debatíamos el tema que trataría en estas líneas. Poco importa ya. Este post está condenado a correr la misma suerte que la entrevista de Rubalcaba anoche. O sea, naufragar en un océano que sólo habla sobre Aguirre.
Yo pretendía hablar de lo que perdura frente a lo efímero. De los principios y las modas. De lo importante y lo banal. Lo que trasciende y lo que deslumbra. Quizá, no sea el mejor día.
Quería analizar algunos instantes del sábado que me dejaron un gran sabor de boca. Y en eso, como en casi todo, la compañía tuvo mucho que ver. Mucho o todo. Cenamos con las familias de varias compañeras de colegio. Hace ya dos primaveras que nuestra promoción se volvió a reunir. Desde entonces, nos vemos con frecuencia.
Cuando lo hacemos, las palabras se atropellan, quieriendo recuperar 25 años de silencio. Las horas quedan envueltas en un sentido mágico de amistad. Alcanzan al alba. A todos nos embarga el deseo de “que no se rompa la noche”.
No fue así el sábado. En el restaurante no fue posible una sobremesa larga. Tampoco en otros tres locales, dispuestos al cierre aunque no eran ni las dos. Así las cosas, terminamos en uno de los sitios más chics de Madrid. “Fashion” a tope.
Pedimos el combinado de moda. La espera fue considerable. Finalmente el especialista en gin-tonics alcanzó nuestra mesa, en la que depositó varias flamantes copas balón. Acto seguido se afana en servirlas. Tras la ginebra, la tónica se desliza sinuosa a través de un alambre retorcido. No es la primera vez que lo veo, desde luego, pero sí la primera vez que me atreví a preguntar el motivo. Con cierta benevolencia me miró y me dijo: “es para que no se rompa la burbuja”. Así, sin más.
Aún recuerdo mi sensación de perplejidad. Había alcanzado un descubrimiento terrible: más de treinta años tomando copas con la burbuja rota. Cara de tonto. Minutos después nos invitan a abandonar una zona del local para pasar a otra. Luego, a cambiarnos de orientación en la mesa para no molestar el paso de nuevos gin-tonics con su alambre. Nosotros sólo queríamos hablar. Reírnos y celebrar. Hablar, hablar, hablar… Palabras efímeras que forjan una amistad que perdura. Conversaciones intensas y alegres que vinculan y crean relación. Nuestro deseo: que no se rompa la noche. El del camarero, que no se rompa la burbuja.
Ayer, Esperanza dice que se va. Su dimisión rompe mi argumento. Cambia mi idea. Polémica, populista, controvertida y valiente. Se va tal como es, con decisión. Dicen que no quiso hacerlo hasta tener cerrado el proyecto de EuroVegas. Será su legado. Ella se va. EuroVegas se queda. Lo que deslumbra y lo que permanece.
Aunque lo parezca, Esperanza no se ha muerto. Aún seguiremos debatiendo varios años entre ella y Gallardón. Nuestros hijos, no. Pero ellos sí vivirán en una ciudad que es un gran casino. Respirarán el ambiente de las ruletas y el de todo lo que las rodea.
Se va Esperanza, pero nos deja una nueva e inmensa burbuja. ¿Quién la rompe?

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