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Raíles de prosperidad [José Manuel Chapado]

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El AVE ya une Barcelona con Figueres. La inauguración de este nuevo tramo fue noticia que abrió telediarios esta semana. Habría sido sólo una más entre tantas si fueran otros los tiempos. Una más entre tantas si hubieran sido otros los protagonistas. Una más entre tantas si sólo se tratase de una obra pública.

El pasado día 8 se puso fin a una inversión cuyo retorno en forma de uso comienza ahora. No se suele invertir cuando los recursos escasean. En ocasiones me pregunto si merece la pena. ¿Cuál es el sentido de invertir? No nos gusta reconocer que gastamos. Pero se nos llena la boca con rotundidad cuando afirmamos que hemos realizado… ¡¡¡una inversión!!!
Hemos construido un metalenguaje repleto de tecnicismos no siempre bien entendidos ni utilizados. Invertir es gastar. Cuando se contraponen los conceptos de inversión y gasto, lo que en verdad se distingue es el gasto en inversión frente al gasto corriente.
Decimos invertir cuando adquirimos algo que no vamos a revender. Invertimos cuando compramos algo cuyo coste queremos recuperar a través de su uso. Eso también es gastar. Gastar para recuperar en forma de ingreso diferido en el tiempo.
Cuando un empresario compra materia prima, gasta. Cuando consume todo tipo de suministros generales y servicios, gasta. Cuando reconoce los salarios, gasta. Y cuando compra una máquina nueva, gasta. Cierto es que en los tres primeros casos el retorno como ingreso se sucede con inmediatez. O al menos eso se espera. Mientras que con la máquina, ese retorno se espera a lo largo de varios años, a través de la venta de todos los productos con ella fabricados.
En términos de gasto público, ese retorno no siempre se produce en forma de euros. En muchas ocasiones lo es en forma de servicios prestados a los ciudadanos. Sea de una u otra forma, ese retorno debe producirse. Y dado que los recursos a invertir son escasos, debiera elegirse aquel empleo que mayor retorno produzca. ¿Cuál es la opción más rentable y necesaria de entre las posibles? ¿Lo es el tramo del AVE Barcelona-Figueres? Tengo mis dudas.
Creo en el tren frente al avión. Tengo muchas razones. Algunas hablan del servicio ofrecido: calidad, comodidad, puntualidad… Otras refieren al medioambiente. Y también las hay económicas. España es un país de “medias distancias”. Todo lo que un avión puede volar en menos una hora, lo puede recorrer un AVE en mejores condiciones competitivas. Por eso, aplaudo unir grandes núcleos urbanos como Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Málaga, Lisboa, Valladolid, Coruña, Bilbao o Zaragoza.
El avión no puede competir con el AVE en un tramo como Madrid-Valencia. Al igual que el AVE no puede competir con la autovía en un tramo como Barcelona-Girona. Querer unir con AVE todas las capitales de provincia parece un dispendio. Como el de tantos aeropuertos vacíos. O el de tantas universidades semidesiertas. Tenemos 76, aunque ninguna entre las mejores de Europa.
¿Mucho y malo o poco y bueno? Prefiero lo segundo. Aunque esa idea exige compartir y sentir como propio lo que también es de otros. Es una cuestión de actitud. Algo que se desliza en los gestos y las palabras.
En la inauguración del nuevo AVE coincidieron Rajoy y Mas. Morbo mediático. Ópticas enfrentadas. Duelo de discursos. En el rincón nacionalista, el discurso de siempre. Cataluña es la región que más contribuye y menos recibe. Falso. Lo es Madrid. Son datos. Además, creo que es una cuestión de justicia que así sea. Tras el pensamiento, la actitud y la emoción. Yo, como tantos otros ciudadanos y contribuyentes de Madrid, siento orgullo. Orgullo y satisfacción de poder colaborar a lo común más que otros.
El pulso de los discursos lo ganó quien redactó el de Rajoy. “Este AVE busca abolir distancias y unir territorios para acercar a las personas, porque si los del AVE son raíles de prosperidad, también son vías de entendimiento, y sólo estas vías que nos acercan nos hacen capaces de llegar más lejos a todos”.
Esos raíles nos permiten llegar más fácil hasta aquel bello rincón de España. Hasta aquella tierra tan catalana. Hasta aquella puerta de Francia, donde el Ampurdán (o el Empordá, que lo mismo da) nos regala un beso con sabor a mar salado. Hasta aquellos paisajes que vieron el amor de Dalí por su Gala. Hasta aquella piedra hecha conjunto histórico y mágico en las calles de Girona. Hasta aquellas gentes orgullosas de lo que son y lo que tienen.
Puedo entender lo que sienten. Al menos, en parte. Soy ciudadano de una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad: Cáceres. Seguro que algo parecido les pasa a los cordobeses con sus patios, recientemente nombrados Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. O los granadinos con su Alhambra. O a las gentes de Salamanca, de Santiago de Compostela…
Decía Pío Baroja que el nacionalismo se cura viajando. Me refiero al catalán. Y al español también. Cuando se viaja, se conoce, se comprende y se empatiza. Se comparte. Bienvenido sea ese AVE si con él, en efecto, se tienden puentes de entendimiento. Los nacionalismos quieren imponer fronteras en el espacio y en el pensamiento. Para ensalzar lo propio, proponen extraerlo del patrimonio común, y preservarlo en el ámbito de lo exclusivo y lo excluyente.
Yo lo veo al revés. La mejor manera de honrar lo propio es abrirlo al mundo. Entregarlo a los demás. Que todos lo sientan suyo. Sólo así es como lo pequeño se hace grande; y lo local, universal.
Este mismo planteamiento también vale para imaginar el futuro de una empresa familiar; o el de una asociación, al estilo de una ONG nacida al calor de su fundador, q poco a poco se hace grande; o el de tantas otras cosas que crecen…
Nuestra obra y nuestro patrimonio trascienden cuando dejan de ser nuestros.

José Manuel Chapado, destacado TopTen Speakers Spain, Socio de ISAVIA y autor de Vértigo.

Fotografía sacada de: helendipity.wordpress.com

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