Elogio de la pasión
He leído en estos días algunos textos clásicos sobre el efecto de las pasiones en los comportamientos humanos. No acabo de entender cómo esos impulsos —a veces arrebatadores— que nos empujan a actuar han gozado de tan mala prensa durante siglos. Algo tienen, cuando han permanecido como ingrediente casi imprescindible en todas las artes y en las diferentes formas que tenemos de entretenernos. Pero son vistas con sospecha cuando intervienen en las formas más “razonables” de nuestra conducta: las relaciones sociales, profesionales, etc. Incluso en algunas tradiciones morales el término es casi sinónimo de descontrol e irresponsabilidad. Lo oportuno, en esos ámbitos, es actuar desapasionadamente, mediante criterios racionales y de conveniencia.
Los textos a los que me refiero interpretan las pasiones en clave mucho más positiva. Y de hecho, las grandes figuras históricas de muchas tradiciones filosóficas y religiosas han sido frecuentemente personas apasionadas.
Hoy en día, en mercados muy competitivos, las ventajas que se derivan de una organización eficiente del trabajo y de una racionalización de los recursos disponibles son muy pequeñas. Desde ese punto de vista, el equilibrio alcanzado por muchas empresas es casi de empate técnico. Las diferencias proceden, cada vez mas, de nuestra capacidad de entusiasmar: a clientes, empleados y demás stakeholders.
Tal vez estemos en los albores de una época en la que hacer negocios sea algo apasionante, y su éxito dependa de la capacidad de despertar pasiones.
Los textos a los que me refiero interpretan las pasiones en clave mucho más positiva. Y de hecho, las grandes figuras históricas de muchas tradiciones filosóficas y religiosas han sido frecuentemente personas apasionadas.
Hoy en día, en mercados muy competitivos, las ventajas que se derivan de una organización eficiente del trabajo y de una racionalización de los recursos disponibles son muy pequeñas. Desde ese punto de vista, el equilibrio alcanzado por muchas empresas es casi de empate técnico. Las diferencias proceden, cada vez mas, de nuestra capacidad de entusiasmar: a clientes, empleados y demás stakeholders.
Tal vez estemos en los albores de una época en la que hacer negocios sea algo apasionante, y su éxito dependa de la capacidad de despertar pasiones.

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