Competitividad y juego limpio
Durante el último fin de semana contemplamos cómo todo un gran campeón, Michael Schumacher, era sancionado por los comisarios deportivos del Gran Premio de Fórmula Uno de Montecarlo. Se le anularon todos los tiempos de la sesión de clasificación, y tuvo que salir en última posición.
Según la investigación, Michael Schumacher paró deliberadamente su Ferrari en medio de la pista cuando estaba a punto de finalizar la sesión de clasificación, impidiendo que Fernando Alonso mejorara su tiempo.
Hace doce años, cuando ganó su primer mundial en 1994, lo consiguió tras echar literalmente de la pista al británico Damon Hill, durante la última prueba que se disputaba en Australia.
La noticia me ha hecho pensar qué puede pasar por la cabeza de una persona que lo ha ganado todo para jugarse su reputación de ese modo. Probablemente la respuesta sea “nada”, ya que ese tipo de decisiones se toman instantáneamente, casi instintivamente, sin mediar un proceso sereno de reflexión. En ese caso, ¿la competitividad nos lleva a desear vencer a los otros como sea?
Otra noticia de nuestro deporte tiene una dirección semejante. Un famoso director de equipos ciclistas, Manolo Sáiz, está siendo investigado por una red de dopaje y transfusiones de sangre.
¿Tendremos que admitir que en determinados niveles de competitividad no es creíble, o ni siquiera posible, el juego limpio?

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