El arte de interrogar
Quienes más tienen que decir son, paradójicamente, quienes más escuchan.Interrogar adecuadamente constituye una inagotable fuente de sabiduría. Preguntas inteligentes, afectuosamente formuladas: preguntas humanas. En multitud de ocasiones nos sentimos encuestados de modo atropellado y con escaso interés por parte del que inquiere. El vacío que siembra una pregunta inhumana es peor que un silencio mantenido, aunque pertenecen a la misma familia: la indiferencia. La actitud, tan propia del individualismo, de prescindir de los demás conduce al empobrecimiento antropológico.
En cambio, la pregunta bien formulada en contenido y forma activa lo más noble del interlocutor quien, gratamente sorprendido, es invitado a reflexionar, sintetizar o analizar, de tal manera que también él sale beneficiado en el esfuerzo por encontrar y ordenar ideas, en compartir lo propio.
Sólo los individuos con gran personalidad buscan la delicada penetración en la riqueza interior de otros. Aquello compartido se multiplica, en lugar de dividirse, por su carácter intangible. Los interrogantes avaloran tanto al que los formula como al que contesta. Lejos la curiosidad, la introspección, la intromisión en vidas ajenas. Lejos la indagación que incomoda y violenta intimidades.
Puede suceder que proyectemos en los demás nuestra propia superficialidad pensando que poco o nada pueden aportarnos de valor. Para echar la red –en forma de pregunta- es necesario, antes, descubrir peces valiosos en el interior ajeno. Y esto depende mucho de la mirada del pescador.
Una pregunta idónea otorga oportunidades para la descripción, el desahogo, la exultación o la queja que apesadumbra. En definitiva: se trata de un medio valioso para conectar con el núcleo personal del interlocutor.
Si en el ámbito laboral desarrollásemos el arte de interrogar, se incrementaría de inmediato y de modo profundo el nivel de comunicación.
Repasando el tamaño de las empresas españolas y la configuración de nuestra economía parece clara la necesidad en todos los sectores de ganar tamaño. Y en ese ganar tamaño, en mercados muy fragmentados, las fusiones deberían ser una herramienta clara de crecimiento. No las megafusiones, sino las microfusiones. Sin embargo, no parece ser que la actividad de integración sea una política muy activa en el middle market.
Ayer tuve la fortuna de participar en la presentación del Estudio
La pasada semana, junto con el profesor Joan Fontodrona, pedí ante la Subcomisión del Congreso de los Diputados, la solicitud del sello de EmpresaFamiliarmente Responsable. Este sello podrá determinar si las empresas en las que trabajamos son flexibles o no, es decir, si mi empresa se preocupa porque sus trabajadores puedan conciliar la vida laboral, familiar y personal, algo que en mi opinión ha de ser la primera responsabilidad social de las compañías.
Así se llama un precioso artículo que escribiera hace muchos años Konosuke
En los primeros escarceos de mi reentré laboral, he releído los propósitos que me hice durante el verano. A medida que iban pasando los días, a rebufo de familia y amigos, en pleno contacto con la naturaleza, mi mente se iba aquietando y sobre ella se posaba una idea central: no trates de aparentar ser el directivo perfecto, de volar como superman sobre las cumbres empresariales.Simplemente, dedícate a la aventura de ser persona. Inmerso en ese diálogo interior, algunos compromisos afloraban con fuerza, Preguntar más, escuchar. No tengo por qué tener todas las respuestas. No sé, es una contestación más, válida y honesta como pocas. He de granjearme el respeto y confianza de mis colaboradores, ejerciendo el poder con justicia y firmeza. Dirigir no es ganar una competición de popularidad. Mejorar la gestión de mi jefe, saber decir no. Si no soy libre e independiente, mi lealtad se transforma en servilismo.
Samsung frente a General Motors, o Jong-Jong Yun frente a Rick Wagoner, o la innovación como revolución frente a la evolución como extinción, por establecer algunos paralelismos.
Estoy contento. Muy contento. Esta semana he vuelto a verificar la necesidad que existe del trabajo que están realizando los pensadores españoles reunidos en este exclusivo Club. La explicación es sencilla: he tenido ocasión de conocer de cerca la falta de capacidad de gobierno de dos personas, supuestamente dedicadas precisamente a mejorarlo.
Como dice un antiguo proverbio chino, la receta para una vida feliz consiste en tener “alguien a quien amar, algo que hacer y algo que esperar”. Tal vez, los dos primeros ingredientes –familia y trabajo- ya estén servidos. Algo que esperar es algo por lo que valga la pena esforzarse, algo que dé sentido a la cotidianidad: es tu plan personal de futuro.