
Ahora que nos encontramos finalizando el periodo estival (bien de vacaciones todavía o con una carga de trabajo inferior a la normal), podríamos pensar en las causas que nos suelen ocasionar altos niveles de estrés, así cómo en qué podemos hacer para prevenirlo. Es fácil que, sin darnos cuenta, a finales de Septiembre nos encontremos inmersos en un nivel de actividad estresante, que no pare hasta finales de año.
La importancia de los trastornos ligados al estrés, como la depresión y la ansiedad, en las sociedades occidentales es bien conocida. Las cifras son alarmantes:
- Estudios clínicos siguieren que entre el 50 y el 75% de todas las visitas al médico están motivadas sobre todo por el estrés.
- En términos de mortalidad el estrés es un factor de riesgo, más grave que el tabaco.
- La mayoría de los medicamentos más utilizados pretenden tratar problemas directamente relacionados con el estrés, como son: antidepresivos, ansiolíticos, somníferos, antiácidos, y otros destinados a la hipertensión y el colesterol.
- En los últimos 10 años se ha duplicado el consumo de antidepresivos.
Las consecuencias que el estrés tiene en el ámbito laboral, repercutiendo negativamente en los resultados y en la productividad, son difícilmente cuantificables con exactitud aunque, en cualquier caso, numerosas y devastadoras: Pueden ir desde la falta de concentración, toma de decisiones lenta e ineficiente, reducción de la creatividad y de la capacidad innovadora, irritabilidad, conflictos en las relaciones interpersonales, altas tasas de absentismo, hasta la mayor propensión a accidentes laborales, riesgo de infarto, bajas prolongadas por ansiedad y depresión, abuso de sustancias tóxicas e incluso el suicidio.
Es necesario y urgente, por tanto, analizar este fenómeno de cara a minimizarlo y sobre todo prevenirlo, tanto por la salud y bien estar personal como por la productividad y eficiencia organizativas.
Es adecuado, y además inevitable, que en la sociedad en la que estamos haya cierto nivel de estrés. De hecho el desempeño y productividad de una persona aumenta con cierto grado de estrés. Sin embargo, se observa una tendencia creciente a que sea el distrés (estrés negativo y patológico) y no el eustrés (activación facilitadota), el que forma cada vez más parte de nuestras vidas.
Existen múltiples fórmulas para prevenir y ayudar a remitir el estrés en su versión negativa. Muchas de ellas tienen que ver con aspectos más cognitivos, existiendo técnicas de pensamiento positivo, análisis de problemas y toma de decisiones, planificación y análisis de escenarios, etc.
Otras se focalizan más en aspectos físicos, como es hacer ejercicios aeróbicos de forma regular, llevar una alimentación sana, beber grandes cantidades de agua y dormir el tiempo necesario.
Existen muchas técnicas y ejercicios que combinan aspectos fisiológicos y psicológicos (incorporando en ocasiones el ámbito espiritual, que no significa necesariamente religioso), como son: Técnicas de respiración, Coherencia cardiaca, Meditación, Tai Chi, Yoga, Acupuntura, Pilates, Reequilibración corporal, Risoterapia, entre otros.
Diferentes autores destacan, de cara a prevenir el estrés, las bondades de mantener una comunicación emocional y asertiva (en contraposición a estilos pasivos o agresivos), querer y sentirse querido, cuidar mascotas, contribuir de forma altruista a acciones sociales, tener a menudo situaciones que nos nutran y nos den energía, tener una visión clara e ilusionante de nuestro futuro, etc.
Parece evidente que, sin lugar a dudas, merece la pena dedicar atención y esfuerzo a este tema (tanto a nivel individual como organizacional), ya que el distrés es una de las causas más frecuentes de pérdida de salud, de empeoramiento de las relaciones interpersonales y de baja productividad.
Lecturas recomendadas:
“Superar el estrés”, de Tery Looker y Olga Gregson. Ediciones Pirámide
“Curación emocional”, de David Servan-Schreiber. Editorial Kairós