Retirarse a tiempo
Un artículo sobre esta cuestión implicó que cierto personaje promoviese el hundimiento de un periódico. En sentido estricto, porque se voló el edificio.Una de las realidades que el hombre intenta autoocultarse con más frecuencia es el de la temporalidad de su paso por la tierra. Como he recordado en ‘Management. La enseñanza de los clásicos’, nada hay que vea el hombre con más frecuencia que la muerte; y nada que olvide con más facilidad.
Se empeñan los hombres -y las mujeres- en soslayar no sólo que son mortalis -es decir, que pueden morir-, sino que son esencialmente moriturus: a saber, que han nacido con un sello marcado en la frente: "necesariamente falleceré".
Ir dando lugar a otros, prepararles para que sepan luego continuar con lo comenzado, debería ser un reto para cualquiera que tenga algo que decir o haya recibido algún tipo de gobierno. Crear escuela es, en cierto sentido, el mejor modo de "inmortalizarse". No lo es, desde luego, el empeñarse en "resistir" en el puesto mando hasta el último aliento. Quien eso pretenda, en realidad está dañándose a sí mismo y a la entidad para la que trabaja.
Aprender a ceder poder, dar oportunidades, enseñar a asumir responsabilidades, son retos no indiferentes, porque implican aceptar activamente lo transitorio de la personal existencia. Ese proceso de "debilitación" de fuerzas físicas e intelectuales no habría de ser ocasión de rebeldía, de malos humores, de enfados inconsiderados con aquellos que "vienen empujando fuerte"... Si se asume con generosidad esa progresiva incapacitación, se está en mejores condiciones de transmitir experiencia a las nuevas generaciones.
Los "recién llegados" tienen el complejo de que con ellos comienza el mundo. Tienden a menospreciar lo realizado por los antecesores, tal vez porque las tecnologías que tenían a su disposición no eran tan raudas como las que ellos tienen al alcance de la mano. Ese ridículo afán de protagonismo no será motivo de enfrentamiento si desde la atalaya de lo ya vivido, y sin ansias de autoafirmación, quienes se encuentran en el "sprint" final (aunque queden algunas vueltas de la carrera), ofrecen su sabiduría sin imposiciones dictatoriales.
Cuando no sepan controlar sus arranques de ira, o cuando se empeñen en defender sus "espacios vitales" que creen injustamente atacados, los más jóvenes habrán de reaccionar con delicadeza y sentido común, porque esos estallidos no son fruto de la mala intención, sino de la debilidad psíquica que poco a poco va apoderándose de cada uno. Así como el niño pequeño atrae la atención con lloros, aunque absolutamente nada le duela, el anciano acude al expediente de refunfuñar, de convertirse en casacarrabias, de considerar perdida la generación entrante... Ese proceso no tiene mayor relevancia que la de intentar hacer ver a los demás que uno sigue vivo, que tienen aún mucho que hacer o que decir. Para poco serviría molestarse. Habrá que torear esos desplantes sin entrar en la batalla. Porque lo mismo que el niño, el anciano sólo busca cariño, comprensión y, muchas más veces, alguien que sencillamente... escuche sus historietas.
Retirarse a tiempo es una de las ciencias más difíciles de captar, porque quién más quién menos considera que a él no le tiene por qué llegar lo que sin embargo contempla a diario a su alrededor. Por carencia de profundidad antropológica, pocos son capaces de verse ellos mismos dentro del ataud que quedará bajo tierra acabada la ceremonia. ¡Qué solos se quedan los muertos!, clamaba el literato español. ¡Qué solos y que alegremente olvidados si no supieron dar lo mejor que tenían: su experiencia, su saber hacer¡ Por el contrario, qué acompañados quedan si sus ideas, sus ideales, sus proyectos siguen adelante empujados por otros.

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