Espejos con efecto
Maltratada, la realidad yace gravemente herida. Disfrazada con ropajes ideológicos, es difícil –¡casi imposible!- descubrirla. Dedicamos parte de nuestro siempre escaso tiempo a datos que más bien desinforman, cuando no deforman. Ante nosotros, siluetas forzadas, vituperadas, de fino grosor de tanto estirar por todos lados; son apariencia que dista mucho de lo realmente acontecido.¿A dónde se ha marchado la objetividad? Siempre han existido diferentes enfoques, pero nunca ha habido tanto cinismo en descripciones opuestas de un mismo hecho, en relatos sesgados desde origen, en argumentaciones manipuladas. ¡Cómo se echa de menos la genuina narración de los hechos, la pura realidad sin aderezos ni especias! La realidad es simple y llana, virginal, transparente aunque, en ocasiones, dura. Dejémosla presentarse desnuda, tal como es, sin andrajos ni trajes pomposos. No admitamos a priori fijos ni juegos de oratoria, porque generar pseudo-realidades a conveniencia degrada la confianza.
Vivimos en un mundo invadido por el cinismo, donde los intereses, con frecuencia, se imponen al sentido común y donde lo subjetivo supera lo objetivo. La visión parcial, incompleta, prematura y hasta caricaturesca daña la auténtica comunicación. La persona que escucha, que lee, tiene derecho a la verdad, que es adecuación de lo expresado con la realidad.
En una sociedad tan especializada, también se encuentran expertos en tergiversar los hechos. Deformaciones tan sofisticadas que, por técnicamente correctas, no se detectan fácilmente. La parte llena o vacía de la botella no debería aniquilar la otra mitad. Minimizar la subjetividad que a todos acecha es cuestión de honestidad.
A todos –no sólo a periodistas- corresponde la transmisión de hechos e ideas a otros. Contemos lo cierto como verdadero, la opinión –respetable, pero opinión- como tal, la duda como probabilidad, la sospecha en su vertiente de posibilidad. La confianza mutua se basa en el recto transmitir y en el veraz entender.
Huyamos de parecer esos espejos con efecto que desfiguran siluetas de modo estudiado y tantas veces dañino. La realidad es la que es, nos guste o no, y tenemos el derecho de conocerla y el deber de transmitirla tal como ella es.

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